martes, 9 de octubre de 2007

Esta casa de piedra y hormigón se levanta al pie del Cerro Uritorco con la voluntad de ser un artefacto a través del cual contemplar el espectáculo cambiante de la montaña.


Capilla del Monte -enclavada en el extremo noroeste de las Sierras Chicas de Córdoba- reposa en su lecho de piedra y almohada de montaña. Rodea y protege su placidez de villa serrana una suntuosa vestimenta de quebrachales umbrosos y arquetípicos palmerales, de aguaribayes, mistoles, piquillines, chilcas, tunales y espinosas sombras de toro. Un río empedrado -el Calabalumba-, murmura entre cantos rodados sus avatares exangües de sequía, o ruge con una inesperada creciente; el perfume intenso de aromos, retamos y chañares funde su oro primaveral con el azul perfecto del cielo, emergente del abrupto perfil del monte Uritorco, el mítico Señor del Valle de Punilla.




Puntuando estas imágenes, marco del poblado cuadricentenario, yergue su mole, en la cima de un monte, la Iglesia Parroquial, sustituyendo con sus bloques de granito rosa a la Capilla de San Antonio del Monte del siglo XVII, que dio nombre al lugar. Allí se abre un camino que busca la ribera de roca y arena del río, donde aún se asoma, en sus morteros de piedra, la etnia de los sanavirones. Un sendero se le desgaja lateralmente ascendiendo a una cima -mirador de espléndida naturaleza intocada-, donde emerge como una roca más en el monte, una casa cuyo contundente volumen fue sabiamente esculpido por sus arquitectos con una creatividad que supo ver y oír las formas implícitas en la materia natural.




Aparece como un largo peñasco de hormigón ciclópeo en la superficie de un mar vegetal -xerófilo y verde-, recortando su nítida geometría contra el cielo, mientras se abre paso entre espinillos. Sus muros rugosos y ásperos descubren gruesas piedras del lugar -blancas, grises, tomadas de un arroyo cercano- e insumidas en su espesor y entreveradas con las marcas del encofrado. El cielo y la montaña traspasan esa masa de roca artificial buscando su interior, a través de las generosas aberturas por las que éste se asoma al mundo serrano.




Las duras texturas murales vibran cuando son superpuestas por la apertura de los bastidores corredizos de metal que protegen esos ventanales.La casa tiene un ingreso casi secreto, a la manera wrightiana, oculto en la vegetación natural que se derrama visualmente cuesta abajo cuando se asciende por el camino de acceso, cercana al muro de granito rojo que protege un estacionamiento apergolado.




Su borde configura una ventana virtual con el extremo sudeste de la casa -el que alberga en su interior un estudio- enmarcando el fondo granítico de valle que se extiende al sudoeste, enfrentándose a las lejanas Sierras Grandes.Ha sido sólo un instante de mirada, un pulso visual que descubre el ingreso al girar a la derecha, mientras que traspuesto el cuerpo granítico del asador, el camino de tablas de madera se expande espacialmente en la terraza contigua, fundiéndose con los 1800 del arco panorámico noreste-sudeste. El otro extremo de esta roca sobre el monte contiene el dormitorio principal cuya ventana se abre sobre un escenario distinto, apresado entre dos placas del hormigón pétreo.




El interior es austero y simple: un paralelepípedo espacial nítidamente delimitado alberga el área de estar y comedor-cocina, cuyo centro está puntuado con el hogar de acero pulido que la divide. Este lugar se expande transversalmente hacia afuera en dos terrazas, planas, delgadas y flotantes, sobre la naturaleza envolvente, sostenidas por el ramaje metálico de una estructura de apoyo vista, análogo al de los arbustos con que se mixtura.Tanto despojamiento está adjetivado por pequeños gestos minimales de la materia, y fundamentalmente enjoyado por el espléndido panorama que capturan los ventanales. De este modo el paisaje se incorpora al interior de la casa, habitándola.




Por el ventanal sudoeste asoman en la tarde el rojo, amarillo y los morados del valle arropándose en el crepúsculo, y desde el extremo del deck que lo prolonga se desciende al monte por una pequeña escalera. Mirando hacia la casa, ésta semeja dos edificios paralelos, contrastantes entre sí, desfasándose en un solo conjunto: la masa grisácea del hormigón ciclópeo de la casa se opone como fondo al constructo de muros, planos y volúmenes de granito rojizo -lejana referencia de la Iglesia Parroquial que es apertura del camino cerrado por la casa-, envolvente del estacionamiento y del espacio del asador.




Esta figura compositiva, más compleja de la obra, actúa como interfase separatriz del monte inmediato y de las sierras que son su fondo, y éstas a su vez, del trasfondo del azul denso del cielo y de la colorida aurora serrana.Casa-panorama, casa-paisaje, el manejo magistral de su ubicación en el suelo y de éste sobre el edificio -producto de tres estudiados proyectos- la ha convertido en una capturadora de un Paisaje y a su vez ha permitido que éste la aprese -recreando todo su contexto de monte y montaña, a la que se semeja matéricamente y de la que se separa geométricamente-. Este mutuo respeto de identidades, en un programa de economía de medios y costos, es otro de los muchos valores de la casa, aunque tal vez el mayor sea la calidad de vida que crea para sus habitantes: la libre apropiación del espacio con los objetos disponibles y amados, el disfrute sereno de la continua inmersión en la naturaleza; el silencio y su mixtura con las voces de familiares y amigos compartiendo instantes de la vida.




Se trata de una posibilidad impagable que aún se puede permitir una arquitectura como esta, apropiada a un lugar que tiene la potencia de suscitar esas cualidades en diseñadores sensibles a las mismas. Es notable el procedimiento proyectual que implica tomar intuitivamente las estructuras y tensiones de las consociaciones naturales que rodean la casa, y transferirlas para crear ese mundo de coherencia que no sólo une lo diverso -artificial y natural- sin pretender fusión sino armonía y contrapunto, recomponiendo una nueva imagen en una obra total que implanta en la naturaleza una arquitectura que es su metáfora antropogeográfica.




Por eso es un ejemplo de arquitectura apropiada a un lugar, que no es su mímesis ni epigonismo de otros creativos que han explorado semejante desafío de diseño: estos arquitectos cordobeses hacen emerger y desarrollar el germen oculto en el útero de una naturaleza casi intocada, revirtiendo una cierta historia proyectual que aún no puede entender la diferencia que hay entre construir sobre un terreno rodeado de geografía pintoresca y construir con el Paisaje una mutua exaltación con poco gestos y ninguna grandilocuencia proyectual.














César Naselli es arquitecto, director del Instituto de Diseño de la Universidad Católica de Chile y profesor de Arquitectura e Historia en la Universidad Nacional de Córdoba.

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